La alerta que no se apaga
Si te preocupa de verdad el futuro del planeta, no te pasa nada raro. La psicóloga Susan Clayton, que acuñó el término «ecoansiedad» en 2011 junto a Thomas Doherty, la define como una respuesta psicológica real y medible al cambio climático —más intensa, lógicamente, entre quienes ya sienten sus efectos de cerca y entre la gente joven, que va a vivir más años con sus consecuencias. No es una moda ni una exageración: es tu sistema de alerta haciendo exactamente su trabajo.
El problema no es sentir la alarma —es quedarte atrapado/a en ella sin ninguna salida. Un estudio de la Universidad de Yale (2022) con casi 300 estudiantes encontró algo revelador: la ansiedad climática solo se traducía en síntomas de depresión en quienes no participaban en ninguna acción colectiva. Entre quienes sí se sumaban a algo con otras personas —voluntariado, grupos locales, organizar algo con más gente—, esa misma preocupación dejaba de convertirse en desesperanza.
Y aquí está el matiz importante: las acciones individuales en solitario (reciclar, apagar luces) no tuvieron ese mismo efecto protector. No porque no sirvan, sino porque hacerlas solo/a no calma la sensación de fondo de estar ante algo demasiado grande para una sola persona. Lo que sí ayuda es sentir que no estás gestionando esa alarma tú solo/a.
Si la preocupación por el clima te pesa, la pregunta útil no es «¿cómo dejo de sentir esto?» —es «¿con quién puedo compartir la carga de sentirlo?».
Si la ansiedad climática te pesa, busca una acción colectiva —no individual— a la que sumarte esta semana: el efecto protector viene de hacerlo acompañado/a.
Fuente: Clayton & Doherty, 2011; Lowe et al., Yale School of Public Health, 2022