Cuando tu hijo no sabe imitar tu risa: aprender a volver a soltarte

31 de diciembre de 2025

A veces, cuando estás en un proceso de duelo o cuando llevas una racha larga de momentos complicados, tu cuerpo entra en una especie de autocontrol constante. No te das cuenta al principio, pero algo se va cerrando poco a poco.

Cuando tu hijo no sabe imitar tu risa

A veces, cuando estás en un proceso de duelo o cuando llevas una racha larga de momentos complicados, tu cuerpo entra en una especie de autocontrol constante. No te das cuenta al principio, pero algo se va cerrando poco a poco.

Hoy mi hijo tenía sesión con su psicóloga y, al final, antes de irnos, ella le pidió que imitara la risa de su madre. Lo hizo sin problema. Después le pidió que intentara imitar la mía y ahí esquivó la pregunta rápidamente, cambiando de tema como si no fuera con él. Luego me pidió a mí que imitara la risa de mi hijo. Lo intenté como pude. La verdad es que nunca me había fijado demasiado, así que incluso me pareció un ejercicio curioso. Después volvieron a preguntarle a él si sabía imitar mi risa y no supo hacerlo.

Y eso me tocó más de lo que esperaba.

Hace muchísimo que no me río de verdad. Muchísimo. Y hace aún más tiempo que mi hijo no me ve reír así. Me pregunto si alguna vez me ha visto reír sin miedo a ser juzgado y, sinceramente, no lo sé.

La última vez que recuerdo haberme reído sin sentirme observado o contenido fue en agosto de 2024, justo antes de irme de vacaciones, con mi última pareja. Llevábamos apenas un mes y medio. Era esa fase inicial en la que todo parece más fácil, más ligero, más seguro. Antes de eso no recuerdo un ataque de risa real. Quizá en 2023, pero incluso ahí tengo dudas. No porque no me sintiera seguro, sino porque creo que me cuesta mucho dejarme ir y perder el control, y eso me aterra. Es frustrante porque, de la misma manera que me cuesta soltarme para llorar, me cuesta soltarme para reír. Y me molesta, porque siendo una persona tan emocional, dejarme ir me haría bien.

En mi vida me he reído mucho. De joven me reía mucho. Tenía una parte bromista, espontánea, muy viva. No sé cuándo dejé de reír. No sé cuándo dejé de ser yo. No lo recuerdo. Pero fue hace mucho tiempo. Y me da miedo no volver a conectar con esa parte, o no hacerlo desde una versión más madura, más consciente, pero igual de viva.

Es curioso. Intento sentir mis emociones, aprender de ellas, reflexionarlas, dejarlas pasar por mí y, aun así, no consigo soltarlas del todo. Ahora sé que tengo que aprender a soltar, a sentirme seguro en cualquier lugar, a poder ser yo siempre. Sin miedo, sin sentirme juzgado y, sobre todo, sin juzgarme a mí mismo.

Cuando llevas años con el micrófono silenciado

En tecnología cotidiana hay algo muy básico que a veces se nos pasa por alto. Puedes tener un micrófono en perfecto estado, funcionando bien y con buena calidad de sonido, pero si lleva años en mute nadie oye tu voz. No porque no exista ni porque esté rota, simplemente porque está silenciada.

Con la risa pasa algo muy parecido. Durante un tiempo, a veces sin darte cuenta, empiezas a bajar el volumen. Te contienes más, te regulas, te observas demasiado antes de expresarte y poco a poco el sistema aprende que es más seguro no emitir sonido, no hacer ruido, no exponerse, no perder el control. El problema es que cuando un micrófono lleva mucho tiempo apagado, incluso tú acabas olvidando cómo suena tu propia voz. Y las personas que te rodean, incluidos tus hijos, tampoco llegan a conocerla. No porque no quieran, sino porque no la oyen.

Volver a reír no va de forzar la risa. Va de volver a darte permiso para activar el micrófono. Al principio la voz sale rara, algo insegura, con interferencias, como cuando haces una prueba de sonido después de mucho tiempo sin usar el equipo, y está bien que sea así. No necesitas hacerlo perfecto, solo empezar a dejar salir el sonido en un entorno donde te sientas a salvo.

Porque cuando un niño oye reír a su padre no oye solo una risa. Oye seguridad, oye permiso, oye verdad. Y cuando tú mismo te escuchas reír, aunque sea poco, aunque sea torpe, algo dentro se recoloca. No estás perdiendo el control, estás recuperando una parte de ti que llevaba tiempo en silencio.

Aprender a volver a activarte sin miedo

Nadie te enseña cómo volver a encender algo que se fue apagando despacio, pero se aprende. Paso a paso, sin exigencia y sin castigarte. No se trata de volver a ser quien eras, sino de integrar esa parte en quien eres ahora, con más conciencia, más cuidado y más verdad.

Y quizá un día, sin darte cuenta, tu hijo sabrá imitar tu risa. Porque ya no estará silenciada.

Guía gratuita

Las 6 fases del duelo

Un recorrido claro, con metáforas de la tecnología, para entender por dónde pasa la recuperación tras un golpe emocional. Te la enviamos al correo ahora mismo.

Te suscribes a las novedades. Puedes darte de baja cuando quieras.

¿Te ha gustado? Compártelo

WhatsAppTelegramX

Comentarios

Sé el primero en comentar.