La subida desde el fondo: lo que nadie te cuenta sobre volver a ver la luz

20 de diciembre de 2025

A veces en la vida hay momentos en que sientes un pequeño retroceso. Después de una etapa mala, traumática, que te hace tambalear hasta caer en lo más profundo de un pozo, cuesta salir. Cuando al fin sales, notas una rebanada de aire fresco

A veces, cuando crees que ya estás fuera

A veces en la vida hay momentos en que sientes un pequeño retroceso. Después de una etapa mala, traumática, que te hace tambalear hasta caer en lo más profundo de un pozo, cuesta salir. Cuando al fin sales, notas una rebanada de aire fresco, un aire nuevo. Es ese instante en el que te das cuenta de dónde has estado y cuál es la sensación real de estar fuera.

Pero las heridas siguen ahí. Las heridas del pozo. Los recuerdos de la oscuridad, de la falta de aire, de la ansiedad. Todo eso permanece y deja marca.

Mientras avanzas, ese aire fresco que te había devuelto la vida pasa a un segundo plano porque las heridas y los recuerdos traumáticos aparecen para recordarte lo que viviste, tu mente sabe que todo pasó pero tu cuerpo lo revive y entonces la mente vuelve a ese lugar. Te preguntas cómo acabaste allí, recuerdas momentos en los que aún no estabas dentro, cuando algo ya te avisaba de que podías caer.

Recuerdas otros instantes donde empezabas a entrar hacia lo más profundo, pero como te habías acostumbrado a la soledad, al ruido interno, al malestar, a la oscuridad… pensabas que quizás no era un pozo, sino un bache, un túnel, y que al final habría luz. Y seguías caminando, hundiéndote sin saber que estabas cada vez más abajo.

El pozo no aparece de golpe

Y al final, sin darte cuenta —o sin haber querido mirar— acabas en el pozo. Acabas en lo más profundo y ya no sabes salir. Estás sin fuerzas. No puedes comer. No puedes sonreír. Ves una luz a lo lejos, pero te parece demasiado lejana. No te atreves a salir porque te da miedo.

Y ya te has habituado a ese lugar.

Hasta que un día ya no puedes más. Un día dices basta, te levantas, subes hacia la luz, hacia el aire, hacia al exterior, hacia la libertad de no estar en el pozo.

Todo eso deja una marca enorme… seguramente de por vida. Pero esa marca es la que te ayudará a no volver a caer, porque cuando te encuentres ante una situación parecida, recordarás esa señal en tu piel emocional.

Cuando el cuerpo recuerda antes que tú

Lo curioso es que, incluso cuando ya crees que estás avanzando, cuando recuperas la tranquilidad después de haber trabajado durante semanas para dejar atrás el dolor, la rabia y la frustración… de repente te despiertas con pesadillas.

Reviviendo todas las sensaciones del pozo. Con ansiedad. Aun sabiendo que estás fuera, mientras tu cuerpo te recuerda lo mal que estabas.

En mi caso —a día de hoy, que cuando publique este post ya habrá pasado un tiempo— esta madrugada he tenido una pesadilla que me ha hecho sentir de nuevo en lo más profundo. Ha tocado mis tres heridas principales y mis tres miedos esenciales.

Mis heridas: • Herida de rechazo • Herida de traición • Herida de comparación

Mis miedos: • No ser suficiente • Ser sustituido • Perder mi territorio emocional

Todo esto es lo que me vivía cuando estaba en el pozo. Aunque la experiencia fue mucho más que todo esto...

Contarlo también forma parte del camino

Perder el miedo a contarlo es el primer paso para sanar.

La cámara de vigilancia que quedó demasiado sensible

Imagina una cámara de vigilancia instalada en un sitio donde, durante bastante tiempo, pasaron cosas serias. Entradas inesperadas. Ruido constante. Sensación de peligro real.

Para proteger ese espacio, en algún momento alguien subió la sensibilidad del detector de movimiento. Y tenía todo el sentido. Era la única manera de sobrevivir ahí dentro. El problema es que, cuando todo eso termina y el lugar vuelve a estar en calma, la cámara no lo sabe. Nadie le ha dicho que ya no hace falta estar en alerta máxima.

Así que sigue funcionando con la configuración antigua. La que se creó para un entorno hostil. Y entonces empieza a grabarlo todo.

Una sombra que pasa. Un cambio de luz. El movimiento casi imperceptible de una cortina. Una rama que se mueve con el viento.

La alarma salta una y otra vez, aunque ya no haya intrusos. No porque la cámara esté estropeada ni porque funcione mal, sino porque fue configurada para un lugar peligroso y todavía no ha tenido tiempo de reajustarse.

Después de salir de un pozo emocional pasa algo muy parecido. El entorno ha cambiado, sí. La situación ya no es la misma. Pero el sistema de alerta sigue funcionando como antes.

Por eso aparecen las pesadillas. Por eso el cuerpo reacciona antes que la mente. Por eso vuelven sensaciones antiguas cuando, objetivamente, ya no estás allí.

No es que estés retrocediendo. No es que algo vaya mal.

Es una cámara interna que todavía no sabe que puede bajar la sensibilidad.

Y no se trata de apagarla, ni de arrancarla, ni de forzar que deje de grabar. Se trata de algo mucho más lento. De ir reajustando poco a poco el nivel de detección, con tiempo, con calma, con experiencias seguras que se repiten.

Porque esa cámara, aunque ahora grabe demasiado, es la misma que te protegió cuando estabas en peligro. Y también será la que te avise si algún día vuelves a acercarte a un lugar que no es seguro para ti.

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