Duelo, rabia y memoria emocional: empezar el año cuando el cuerpo aún recuerda
1 de enero de 2026
Hoy es 1 de enero, son las 6 de la mañana y vengo a desearos una buena entrada de año y un mejor 2026.
Hoy es 1 de enero, son las 6 de la mañana y vengo a desearos una buena entrada de año y un mejor 2026.
Este fin de año decidí pasarlo en cama, intentando meditar o simplemente estar conmigo, y dejar atrás un 2025 que casi podría decir que se ha ganado el premio al peor año de mi vida a nivel emocional. Decidí hacerlo así porque llevo unos días en los que el ciclo del duelo ha vuelto a coger algo de intensidad y se ha colocado en una zona incómoda: la rabia, incluso el odio. Hay una cita que dice:
“La ira y el odio es un veneno que uno toma esperando que muera el otro.” — William Shakespeare
Cuando una frase te obliga a mirarte
Esta frase me hizo reflexionar sobre una conversación que había tenido con mi hermana ese mismo día. Le estaba explicando la cantidad de posts que tenía por publicar y que en mayo pensaba compartir algunos textos más potentes, donde explicaba cosas difíciles y empezaba a poner palabras a lo que había ocurrido.
Publicar o protegerse
Una de las cosas que me dijo fue, primero, que ese no era mi trabajo, que ya hay personas especializadas en eso y que no era mi papel. Segundo, que podía perjudicarme más que ayudarme y que tenía que protegerme. Y tercero, que los posts que tenía pensados publicar semanalmente quizá no tenían sentido porque yo ya estaba en otro momento, y que si publicaba en marzo cómo me sentía ahora, alguien podría pensar que no avanzaba o que el desfase temporal no me ayudara.
Así que ayer decidí publicar todos los posts, pero…
Me quedaba una reflexión.
La pregunta que no podía ignorar
¿Por qué había vuelto tanta rabia y con tanta intensidad si, en teoría, yo ya estaba mejor?
Sé que el duelo es circular y que se vuelve a pasar por las fases cada vez con menos intensidad, pero esta vez había sido distinto. Y el motivo lo sé.
El contacto cero como forma de respirar
Desde que salí de la relación, tenía claro que el contacto cero era lo único que me permitiría volver a respirar. Eso he intentado hacer desde el principio, y lo he cumplido a rajatabla.
Un par de semanas después, alguien de mi entorno me comentó que ella había publicado unas fotos de un viaje que hicimos juntos y que yo no salía en las imágenes. Mi reacción fue clara: obvio, ¿cómo iba a salir?
La pregunta no era esa. La pregunta era: ¿por qué decirme eso? ¿Qué gano yo con esa información? En ese momento se rompía el contacto cero y también algo más importante: los inputs cero que yo necesitaba para poder sanar. Pedí claramente que no me hablaran más de ella.
Cuando alguien cruza un límite sin mala intención
Más adelante volvió a salir el tema. Llegué a decir que, si no se podía evitar comentar cosas, lo mejor era dejar de seguirla en redes. No me importaba si alguien la seguía o no; lo único que necesitaba era no recibir información.
Parecía entendido.
Pero después de Navidades, quedamos para tomar algo y hablar. En medio de una conversación tranquila, apareció una frase: “Entonces no te digo nada de ella, ¿no?”
Y ahí algo en mí se movió. No por el contenido, sino porque mi cuerpo volvió a reaccionar desde un lugar muy conocido.
Cuando la memoria corporal se activa
Ansiedad. Estado de alerta. Modo supervivencia. Necesidad de huir.
Volví a decir que no quería saber nada, que no me hacía bien. Aun así, llegó un comentario más, innecesario, que fue como un puñal: “Es que ha subido una foto muy guapa y contenta”.
Mi cara se quedó neutra. No porque ella estuviera sonriendo, sino por la sensación de invalidación emocional que apareció de golpe.
Lo que no era necesario decir
Recordé entonces una frase atribuida a Sócrates, que dice que antes de decir algo conviene hacerse tres preguntas: ¿Es verdad? ¿Es bueno? ¿Es necesario?
Si las tres respuestas son sí, entonces habla. Si no, mejor calla.
La rabia como atadura al pasado
Ese comentario me dolió mucho. No por la información en sí, sino porque no entendía qué se suponía que debía hacer yo con eso, ni por qué alguien pensaría que podía ayudarme después de haber expresado claramente que no quería saber nada.
Y ahí apareció la rabia. No solo por ese momento, sino por todo lo vivido, por todo lo aguantado, por la falta de responsabilidad afectiva y por todo lo que me he callado —y probablemente seguiré callando—.
Esa noche me fui a la cama antes de las uvas. Orando, pidiendo, a Dios, al universo o a lo que sea, poder abrirme al perdón. Pero no solo a decirlo, sino a sentirlo de verdad.
Porque el odio y la rabia son una atadura al pasado. Y no quiero quedarme enganchado ahí. Entre otras cosas, porque cuando estoy ahí ya no me reconozco.
Lo que me llevo de este año
Este 2025 he aprendido muchas cosas. Es un año que me gustaría olvidar, pero también espero que todo lo vivido tenga un propósito y que, con el tiempo, se convierta en una fuente de aprendizaje desde la que pueda aportar algo bueno, dejando atrás el dolor y las ataduras.
Un deseo para el 2026
Feliz 2026. Me imagino como protagonista en el libro de Francesc Miralles, El teléfono de Dios , recibiendo una llamada y escuchando al otro lado:
“Jordi, este es tu año. Y este año van a pasar cosas maravillosas. Sé feliz hoy, porque lo que viene es más grande de lo que imaginas.”
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