martes, 30 de junio de 2026
Reflexiones
Mi espalda está cargando lo que yo no quiero soltar
Hace ya unos cuantos días que me duele la parte baja de la espalda, y al principio ni le di vueltas: pensé que era otra vez el disco. Tengo ahí una hernia y dos protrusiones, así que cada vez que esa zona se queja mi cabeza va directa al peor escenario, al "ya está, otra vez lo de siempre". Pero esta vez fui a que me lo miraran y no, no es el disco. Es muscular. Tensión, sin más. Y precisamente eso, que sea muscular y no estructural, es lo que más me ha hecho pensar, porque lo muscular en mí casi nunca habla solo de músculos.
Llevo una temporada cargando cosas que no se ven en ninguna placa. Cargo el trabajo y toda la incertidumbre que arrastra, ese no saber muy bien hacia dónde voy ni si lo que estoy construyendo va a sostenerse. Cargo la preocupación por mi futuro, que se disfraza de pensamiento productivo durante el día pero que de madrugada se quita la máscara y se convierte en un "¿y si no sale?" que no me deja dormir. Cargo frustración, porque quiero ir más rápido de lo que la vida me está permitiendo, y esa distancia entre donde estoy y donde querría estar pesa más de lo que me gustaría admitir. Y cargo, sobre todo, un miedo que me cuesta hasta escribir aquí: el de ser una carga para los demás, el de necesitar y que eso incomode, el de pedir y sentir que molesto.
Y cuando lo escribo así, de seguido, me doy cuenta de la ironía que llevo encima sin haberla visto: tengo tanto miedo de ser un peso para otros que mi propia espalda lleva semanas sosteniendo, en silencio, el peso que yo no me atrevo a soltar. Como si el cuerpo hubiera decidido hacer literal lo que la cabeza no quiere mirar. No es magia ni misticismo barato; es algo que la ciencia lleva tiempo contando, aunque nos cueste creerlo cuando nos toca a nosotros. Cuando el estrés se queda a vivir, el sistema nervioso no apaga nunca el modo alerta, y el cuerpo se prepara para un golpe que no termina de llegar: los músculos se tensan y se quedan ahí, en guardia, día tras día. Bessel van der Kolk tituló su libro justo así, El cuerpo lleva la cuenta, y resume bien la idea: lo que no procesas por arriba se queda anotado por abajo. El doctor Sarno fue más lejos y hablaba de cómo la tensión emocional que no miramos puede traducirse en dolor físico real —real, no imaginado—, y aunque haya debate, a mí me resuena demasiado. Por si fuera poco, cuando llevas tiempo en tensión hasta el umbral del dolor baja, así que acabas notando más con menos, y entras en un bucle donde el miedo a que duela también duele.
Le he buscado un sentido más allá de lo físico, casi a la fuerza, porque necesito entenderlo para poder soltarlo. Y me sale uno que me parece hasta poético: la zona lumbar es la que te mantiene de pie, la que sostiene, la base sobre la que se apoya todo lo demás. Que se queje justo ahí, justo ahora, no me parece casualidad. Lo leo como mi cuerpo diciéndome lo que yo no me digo: que estoy sosteniendo demasiado, demasiado solo, durante demasiado tiempo.
Lo difícil de todo esto, y lo que más me cuesta aceptar, es que no se arregla con un ibuprofeno ni se evapora en un fin de semana de descanso. Llevo días dándole vueltas y la conclusión incómoda es que las soluciones de verdad son lentas: van de ordenar lo laboral, de repartir el peso en vez de echármelo todo a la espalda, de pedir ayuda —a mí, que me cuesta horrores—, de cuidar el cuerpo con la misma seriedad con la que intento cuidar la cabeza, y de aceptar que esto es a medio y largo plazo. Tener paciencia es, con diferencia, la parte que peor llevo, porque mi instinto siempre es querer resolverlo ya. Pero hay frases que envejecen bien, y Séneca dejó dicha una hace dos mil años que estos días me persigue: sufrimos más en la imaginación que en la realidad. Y es verdad: buena parte de lo que me tensa la espalda no ha pasado todavía, vive solo en mi cabeza, en ese futuro que invento de noche.
Así que esta semana me toca algo que para mí es de lo más incómodo: bajar el ritmo, soltar peso a propósito y entender de una vez que cuidarme no es un lujo ni una rendición, es mantenimiento. Y contarlo aquí, en voz alta, también forma parte de soltar. Te leo de verdad, porque sé que no soy el único: ¿a ti también se te va al cuerpo lo que no terminas de gestionar? ¿La espalda, el estómago, la mandíbula, la cabeza…? A veces, solo saber que le pasa a más gente ya descarga un poco el peso. Un abrazo.
(Cuento mi experiencia, no doy consejo médico: mi parte estructural ya está diagnosticada y la llevo con profesionales; lo emocional va de la mano, nunca en su lugar.)
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